F. Engels Fundazioak edizio zaindu batean liburu txundigarri hau argitaratu du. Irakurleak unkituko dituen idazlan batean aurrean gaude, iraultza sozialistaren aldeko borrokan jarraitzeko deia egiten duena. Jarraian editoreen oharra gaztelanieraz.

Erosi hemen zure alea.

A principios del mes de junio de 1941 el dominio de la Alemania nazi sobre Europa occidental era casi total. Desde Noruega hasta Grecia la bandera de la cruz gamada ondeaba en las principales capitales europeas.

Mientras las tropas de la Wehrmacht avanzaban, los partidos comunistas occidentales, atados de pies y manos por los pactos alcanzados en agosto de 1939 entre el régimen de Stalin y el Gobierno del Tercer Reich, abandonaban la labor de agitación antifascista y se mantenían en una actitud pasiva ante el invasor.

Su actividad se limitaba a defender incondicionalmente el nuevo giro de la política exterior de Stalin, después de la trágica derrota de la Revolución española y el triunfo de la dictadura fascista de Franco. Las menciones a la Alemania nazi y a su política militarista y supremacista desaparecieron de la prensa comunista estalinizada, siguiendo al pie de la letra las nuevas directrices de Moscú, y todas sus denuncias se centraron en el imperialismo anglo-francés.

Por supuesto, la condescendencia ante el fascismo alemán e italiano mostrada por los dirigentes del PCUS y los partidos comunistas europeos implicaba cerrar los ojos ante una durísima ola represiva y dejar a su suerte a los miles de militantes prisioneros en las cárceles y campos de concentración alemanes e italianos.

Como ha sido documentado en numerosos libros de memorias e investigaciones académicas a partir de la apertura de los archivos soviéticos, cuando los nazis desencadenaban en los países que ocupaban cacerías de comunistas, contaban en no pocas ocasiones con la colaboración de la GPU, la policía política de Stalin, que de esta forma se desembarazaba de lo que consideraba miembros de la «oposición trotskista» o «enemigos del pueblo». Esa fue la etiqueta bajo la que se incluyó a la vieja guardia leninista y a decenas de miles de militantes del PCUS y de los partidos de la Comintern, expulsados, purgados, fusilados o enviados a morir a los campos de Kolimá y Vorkutá en el círculo polar ártico.

En estas condiciones no es de extrañar que la confianza de Hitler en su victoria se reforzase aún más y lo empujase a poner en marcha de forma inmediata el avance resuelto hacia el Este con todas las fuerzas disponibles.

Pero mientras Hitler y su cúpula militar perfilaban los últimos detalles de la operación Barbarroja, nombre en clave del plan de ataque a la URSS que finalmente se desencadenó el 22 de junio de 1941, un grupo de comunistas y antifascistas de varios países, principalmente alemanes, desde la más absoluta clandestinidad y poniendo cada día en riesgo sus vidas, se ocupaba de reunir información sobre los planes bélicos del ejército hitleriano y de sus aliados para trasmitirlos al Estado Mayor del Ejército Rojo.

La invasión nazi de la URSS y el estalinismo

Esa red de espionaje, conocida como la Orquesta Roja, pacientemente tejida desde finales de los años 30, fue tan eficiente que consiguió información detallada del inminente ataque a la URSS y pudo poner sobre aviso a Stalin con tiempo suficiente para haber tomado medidas frente a la invasión. Exactamente igual hizo otro agente soviético desde Tokio, el gran Richard Sorge, que había construido otra red desde dentro de la embajada nazi y el mismísimo Gobierno nipón.

Desgraciadamente, la soberbia y estupidez de Stalin, que cuatro años antes había mostrado su falta completa de escrúpulos fusilando a los generales más sobresalientes del Ejército Rojo, entre ellos a Mijaíl Tujachevski, hicieron que ese esfuerzo de penetración en el corazón mismo de la cúpula nazi y las alertas enviadas desde Berlín y Tokio fueran desechadas como «fabulaciones» o intentos de desinformación de los servicios de inteligencia británicos.

Las consecuencias de la ceguera de Stalin fueron catastróficas, tanto en pérdida de efectivos militares como de territorio y de vidas civiles, a pesar del heroísmo de los soldados y del pueblo soviético. Los nazis ocuparon en pocos meses las ricas zonas agrícolas de Ucrania y las minas e industrias del Donbás. A finales de septiembre los alemanes estaban a las puertas de Leningrado, y dos meses y medio después se acercaban peligrosamente a Moscú y marchaban resueltos hacia el Cáucaso y sus pozos petrolíferos.

Solo con la determinación heroica de los soldados rojos, de millones de trabajadores y trabajadoras dispuestas a todo tipo de sacrificios en aras de aumentar la producción bélica y defender a cualquier precio las conquistas de la Revolución de Octubre, y gracias a la superioridad proporcionada por un sistema de economía planificada, se pudo revertir la situación. La derrota de la «peste parda» fue el fruto de la lucha abnegada del pueblo soviético y de todos y todas las comunistas que empujaron la resistencia armada contra los nazis.

Pero pocos años después del triunfo, Leopold Trepper, el hombre que organizó y dirigió la Orquesta Roja, pagaría un duro precio por haber lanzado aquel aviso que pudo acelerar la derrota alemana y reducir las terribles pérdidas que sufrió la URSS en vidas, en infraestructura y recursos.

Stalin no podía soportar la idea de que un hombre modesto como Trepper, que además era judío, pudiese dar testimonio de su criminal negligencia. Por eso, al finalizar la guerra, en lugar de ser recibido en la URSS como el héroe que indudablemente era, la GPU detuvo a Trepper bajo falsas acusaciones y le mantuvo en prisión durante diez años.

Hay que recordar que en 1941 Trepper no solo no se desanimó al comprobar que sus informes eran desoídos. Continuó su tarea de espionaje, amplió su red de colaboradores y proporcionó a la inteligencia soviética y a la resistencia antinazi de Europa datos que facilitaron sus operaciones militares. El almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Abwehr, el servicio de inteligencia del ejército alemán, afirmó en una ocasión que «la Orquesta Roja costó a Alemania la vida de 200.000 soldados».

Los miembros de la Orquesta Roja pagaron un durísimo precio por su audacia y por su entrega incondicional a la causa del antifascismo. La gran mayoría de ellos fueron detenidos en sucesivas redadas. Las comunicaciones por radio eran fácilmente detectables por la Gestapo y, con un trabajo paciente de triangulación, se acababa por descubrir los pisos desde los que la red de agentes operaba. Las torturas más terribles esperaban a los detenidos que, en la gran mayoría de los casos, afrontaban heroicamente la muerte antes que delatar a sus compañeros.

Pero ¿quién fue el hombre que organizó esta red y que inspiró y preparó a sus integrantes para tan abnegada y arriesgada labor? ¿Quién fue ese militante comunista que supo sacar las conclusiones políticas de los extraordinarios hechos históricos que le tocó protagonizar y que, prisionero en las cárceles de Stalin, supo comprender la naturaleza de esa deformación burocrática, de esa falsificación de las ideas de Lenin, que conocemos como estalinismo?

Los primeros años de un joven comunista

Leopold Trepper nació en 1904 en el seno de una familia judía afincada en Nowy Targ, una pequeña ciudad polaca que en 1770 había sido anexionada por el Imperio austrohúngaro y en la que, por una curiosa coincidencia, fue detenido Lenin por las autoridades austríacas en 1914.

Dos hechos ocurridos en su infancia marcaron para siempre la vida de Trepper. El primero, el inicio de la Primera Guerra Mundial, que provocó una ola de pánico entre la población judía de las poblaciones próximas a la frontera con la Rusia zarista, huyendo de aquellos terribles pogromos promovidos por el zarismo, que incluían asesinatos masivos de familias judías y el saqueo de sus bienes y propiedades. El segundo, la muerte de su padre cuando Trepper tenía poco más de once años, lo que le obligó muy pronto a buscar un trabajo como asalariado en diversas industrias, primero como cerrajero, más tarde como albañil y finalmente como minero.

La precoz toma de conciencia ante la crueldad del antisemitismo y de la explotación capitalista marcaron para siempre al joven Trepper. Con apenas 12 años entró en contacto con la Hashomer Hatzair (La Joven Guardia), una organización que se declaraba marxista. Tras la Revolución de Octubre, siendo todavía un adolescente, Trepper se unió a las Juventudes Comunistas polacas, iniciando así una larga y extraordinaria trayectoria de militante revolucionario consecuente y de insobornables convicciones.

Su militancia como organizador sindical le condujo muy pronto a su primer encarcelamiento en 1923, con solo 19 años. Tras ser liberado después de ocho meses en prisión, Trepper, incluido en las listas negras de los empresarios de la zona, fue incapaz de encontrar trabajo y, en esa situación desesperada, decidió emigrar a Palestina.

Militante comunista en Palestina

Trepper llegó a Palestina, entonces bajo dominio británico, en abril de 1924. Se unió inmediatamente al recién formado Partido Comunista de Palestina (PCP) convirtiéndose en uno de sus principales dirigentes.

Muy pronto, su experiencia como trabajador asalariado judío en la época en la que el movimiento sionista empezaba a asentarse en la zona, le revela las falacias del «socialismo sionista». Trepper constata el carácter colonial y racista implícito en el movimiento sionista y se escandaliza ante el total rechazo de la Histadrut, la confederación sindical sionista supuestamente «de clase» y «socialista», a admitir en sus filas a trabajadores árabes. Por eso, una de las primeras tareas que se plantean los comunistas palestinos es organizar una fracción en la Histadrut, el grupo Ehud (Unidad), que abogaba por la incorporación de todos los trabajadores y trabajadoras de Palestina en un único sindicato y por la unidad de la clase obrera por encima de cualquier tipo de diferencia religiosa o identitaria.

El sector de la izquierda occidental que actualmente, pese al historial criminal y genocida del Gobierno sionista, sigue apoyando al Estado de Israel debería leer las consideraciones de Trepper sobre lo que realmente significa el sionismo, unos juicios tan clarividentes y esclarecedores como los que poco años después formularía sobre la deriva burocrática de la URSS bajo la bota de Stalin.

Para Trepper, y para el joven PCP, la convivencia pacífica de las diversas comunidades que habitaban en el territorio solo podría garantizarse mediante el triunfo de la revolución socialista. Cualquier intento de organizar la vida de los trabajadores judíos de forma separada de la población árabe, por mucho ideal igualitario y «socialista» que se proclamase, acabaría desembocando en una nueva forma de colonialismo y de opresión nacional. Los hechos le han dado rotundamente la razón.

En Palestina contrajo matrimonio con Luba Brojde, una joven polaca, judía y comunista a la que había conocido en sus años de juventud. Desde ese momento, Leopold y Luba comparten todos los avatares de la militancia comunista, incluyendo la delicada labor de espionaje en la Alemania nazi.

Las actividades políticas de la pareja atraen la atención de las autoridades británicas y, tras un período de cárcel, Trepper se ve obligado a abandonar Palestina y embarcarse con destino a Francia.

El camino hacia la Orquesta Roja

Trepper se incorpora inmediatamente al Partido Comunista Francés y rápidamente es detectado por la policía francesa, que lo acosa continuamente. Ante esa situación, la dirección del Partido prepara el viaje de Trepper a Moscú, donde iniciará una nueva etapa de su militancia como agente del Ejército Rojo.

El servicio de inteligencia militar soviético estaba dirigido por el general Yan Berzin, un comunista de primera hora, héroe de la Revolución rusa de 1905, por la que fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada porque en aquel momento solo tenía 16 años. Deportado a Siberia, se fugó y se reincorporó a la lucha revolucionaria, participó en la Revolución de Octubre y, contando con la plena confianza de Lenin, se encargó de combatir la contrarrevolución desde los órganos de dirección de la Cheka.

Fue Berzin personalmente quien se fijó en Trepper y lo reclutó para organizar una red de espionaje en la Alemania de Hitler. Esta circunstancia jugará un papel decisivo en el futuro de Trepper, que se convertirá en sospechoso a ojos de la policía política de Stalin. En 1937 Berzin fue detenido y, en el marco de las purgas estalinistas, ejecutado el 29 de julio de 1938 en las celdas de la Lubianka de Moscú.

Para sustituir a Berzin, a Tujachevski y a miles de mandos militares que habían demostrado su capacidad en los años de la Revolución rusa y la guerra civil posterior, Stalin buscó a elementos sin pasado político, sin mérito alguno y con un historial lo más gris posible, pero que le rindiesen una pleitesía y una sumisión sin límites. El máximo exponente de esta tanda de jefes militares estalinistas fue el general Andréi Vlásov, que solo ingresó en el partido en 1930 y que muy pronto fue elevado por Stalin a los más altos puestos. Apenas transcurrido un año de guerra, Vlásov se pasó con armas y bagajes al bando de Hitler y combatió contra su propio país.

Trepper fue testigo directo de la fase más sanguinaria de las purgas estalinistas y, al ser de origen judío, también sufrió los primeros embates del antisemitismo promovido por Stalin y su camarilla. Pero nada de esto le hizo dudar de la importancia vital de su misión. Sabiendo que dejaba atrás, en la URSS, a decenas de camaradas y amigos cuyas vidas pendían de un hilo, partió hacia Europa occidental para poner en marcha esa formidable herramienta antifascista que fue la Orquesta Roja.

La Segunda Guerra Mundial

Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial la red de espionaje de Trepper estaba activa y plenamente operativa en Alemania, Francia, Bélgica, Holanda y Suiza. Su eficacia fue tal que tras la ocupación alemana de Francia fue capaz de intervenir los teléfonos del espionaje militar alemán en el país galo.

Esta operatividad fue posible porque Trepper incumplió abiertamente las directrices de sus superiores en Moscú que, tras el pacto de Stalin con Hitler, ordenaron cesar inmediatamente cualquier actividad de espionaje en Alemania para «no provocar» a los nuevos amigos de la burocracia soviética. Fiel a su compromiso internacionalista, Trepper puso sus obligaciones como luchador comunista por delante de la ciega y estúpida sumisión que le exigían sus jefes. A la vista de los resultados, este acto de indisciplina valió realmente la pena.

Sería un error atribuir esta eficacia en las tareas de espionaje a tecnologías punteras o a la capacidad corruptora del soborno. Las actividades de Trepper y sus compañeros y compañeras no tenían nada que ver con lo que puede verse en las películas del género. Los miembros de la Orquesta Roja eran, ante todo, militantes comunistas, que entendían su labor como parte de la lucha por la revolución mundial y que no dudaban en arriesgarlo todo por ella. La estirpe de estos hombres y mujeres es la de Ignace Reiss, otro destacado comunista, miembro de los servicios de inteligencia del Ejército Rojo, que en 1937 rompió con el aparato estalinista y se unió a la Oposición de Izquierda. Reiss pagó con su vida este desafío al estalinismo.

Como explica con detalle Trepper en sus memorias, El Gran Juego, la policía política nazi, la temible Gestapo, desarticuló la red. La gran mayoría de sus integrantes resistieron las amenazas y las torturas, y solo unos pocos se plegaron a colaborar con el enemigo. El propio Trepper fue detenido, pero bajo las garras de sus captores fue capaz de iniciar lo que pasaría a la historia como el «Gran Juego», una operación de contrainteligencia sofisticada que permitió a la URSS asestar tremendos golpes al régimen nazi, y que en su libro narra con un ritmo trepidante.

Lecciones para la historia

Como ya hemos explicado, el retorno a la URSS fue la época más dura de la vida de Trepper. La paranoia antisemita de Stalin estaba en sus cotas más altas, y esa circunstancia, unida a los anteriores vínculos de Trepper con Berzin y otros muchos y muchas comunistas asesinadas durante las purgas, y a que era un testigo muy incómodo de su incompetencia criminal, llevaron a Trepper a consumir diez años de su vida en la cárcel.

Trepper sufrió dos duros desengaños a lo largo de su vida. Lo primero que se le vino abajo fueron sus ilusiones juveniles en un «socialismo sionista». Una década después pudo comprobar personalmente como el proyecto del primer Estado socialista de la historia, creado por Lenin y los bolcheviques sobre la base de la democracia obrera, era destruido desde dentro por una maquinaria burocrática y totalitaria.

Pero pese a todo, las convicciones comunistas de Trepper se mantuvieron firmes y, no solo eso, fue capaz de reflexionar sobre su propia experiencia y la de la lucha revolucionaria de miles de hombres y mujeres de su generación. Las palabras con las que cierra el capítulo 7 de la primera parte de El Gran Juego dan fe de ello:

El resplandor de Octubre se extinguía en el crepúsculo carcelario. La revolución degenerada había alumbrado un sistema de espanto y horror en el que los ideales del socialismo eran pisoteados en nombre de un dogma arcaico al que los verdugos aún tenían la desfachatez de llamar marxismo.

Y, sin embargo, descorazonados pero dóciles, la maquinaria que habíamos puesto en marcha con nuestras propias manos nos seguía aplastando. Meros engranajes del aparato, aterrorizados hasta la locura, nos habíamos convertido en instrumentos de nuestra propia sumisión. Todos aquellos que no se levantaron contra la maquinaria estalinista son responsables, colectivamente responsables. Yo no puedo escapar de este veredicto.

Pero, ¿quién protestó en aquel momento? ¿Quién se puso en pie y expresó su indignación?

Los trotskistas pueden reivindicar ese honor. Siguiendo el ejemplo de su líder, que pagó su obstinación con un pioletazo, lucharon a muerte contra el estalinismo y fueron los únicos que lo hicieron. En la época de las grandes purgas ya solo podían gritar su rebeldía en las inmensidades heladas a las que les habían conducidos para exterminarlos. En los campos de concentración su conducta fue digna e incluso ejemplar, pero sus voces se perdieron en la tundra.

Hoy en día los trotskistas tienen derecho a acusar a quienes una vez aullaron a la muerte como lobos. Que no olviden, sin embargo, que poseían sobre nosotros la inmensa ventaja de disponer de un sistema político coherente, capaz de reemplazar al estalinismo, y al que podían aferrarse en la profunda angustia de la revolución traicionada. Ellos no «confesaban» porque sabían que sus confesiones no servirían ni al partido ni al socialismo.

En 1955, dos años después de la muerte de Stalin, Trepper fue finalmente liberado y rehabilitado, aunque encontró impedimentos para poder dedicarse en la URSS a las tareas culturales que le apasionaban. Decidió entonces trasladarse a su Polonia natal, donde la dirección del POUP (Partido Obrero Unificado Polaco, nombre oficial del partido comunista de Polonia) lo asignó al frente de la actividad editorial y cultural en yiddish.

En 1968, tras doce años de vida aparentemente normalizada en Varsovia, las dificultades volvieron a irrumpir en la vida de Trepper. Enfrentado a una creciente oposición obrera y a divisiones internas cada vez mayores, la dirección del partido decidió recurrir a la vieja arma del antisemitismo y Trepper se encontró de nuevo en una situación insostenible.

Con su salud cada vez más deteriorada, y convertido de facto en un prisionero en su país, Trepper solicitó permiso para abandonar Polonia que el partido denegó. Fue entonces cuando su familia inició una campaña internacional de solidaridad que tuvo una amplia repercusión y que finalmente obligó a ceder a las autoridades polacas. En 1973 Trepper fue autorizado a trasladarse a Inglaterra para someterse a una grave intervención quirúrgica.

Tras recuperarse hizo pública su decisión de pasar los últimos años de su vida en Jerusalén y dedicarlos a escribir sus memorias, con una especial atención a la labor de la Orquesta Roja, no como un relato de espías sino para reivindicar la memoria de miles de militantes comunistas que, a pesar de los crímenes del estalinismo, sacrificaron sus vidas para derrotar al monstruo nazi.

Leopold Trepper falleció en 1982, pero en las numerosas entrevistas realizadas tras la publicación de El Gran Juego siempre se mantuvo firme en la defensa de sus convicciones.

Es un orgullo para la Fundación Federico Engels publicar esta extraordinaria obra en una cuidada edición. Estamos seguros de que los lectores y lectoras se emocionarán y descubrirán nuevos argumentos para continuar la batalla por la revolución socialista.

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