Hacia un nuevo mayo del 68 que rompa con el capitalismo

En las últimas semanas la juventud y los trabajadores de todo el mundo mantenemos nuestros ojos puestos en el levantamiento que se vive a lo largo y ancho de toda Francia. La rebelión de los “chalecos amarillos”, desencadenada por una brutal subida de impuestos a los carburantes por parte del gobierno Macron, se ha convertido en una auténtica explosión que expresa la ira y la frustración profunda de millones de personas que han visto en los últimos años cómo sus condiciones de vida se hundían para garantizar los privilegios de las élites económicas.

 Muchos han sido los que han tratado de disfrazar la verdadera naturaleza de este movimiento. Los medios de comunicación, el propio gobierno Macron e incluso desgraciadamente algunos dirigentes de sindicatos mayoritarios que han defendido la estrategia de la paz social, han pretendido destacar el papel de colectivos de la extrema derecha - como el partido de Marie Le Pen – para tratar de presentar una imagen completamente distorsionada de lo que realmente está ocurriendo, resaltando también la violencia y los disturbios, como parte de la campaña para generar miedo y frenar el apoyo masivo que este levantamiento está cosechando.

 Si bien es cierto que elementos de la extrema derecha se sumaron de forma demagógica y oportunista a este movimiento en sus inicios e incluso protagonizaron algunos incidentes aislados de carácter racista o machista, el propio movimiento se ha encargado de expulsarlos del mismo y dejar clara cuál es su naturaleza. Como uno de los portavoces de los chalecos amarillos explicaba públicamente hace unos días: “Es importante que toda persona que desee participar en este movimiento pueda hacerlo, no importa su color de piel, país de origen, orientación sexual, género o religión… Los chalecos amarillos no son nacionalistas, ni fascistas ni de ningún movimiento extremista… Denunciamos al Gobierno por poner impuestos a los más pobres para enriquecer a los ultra-ricos. Denunciamos las medidas represivas que está realizando el Estado. No a la violencia policial”.

Lo cierto es que los acontecimientos que vive Francia no son únicamente fruto de la subida de los carburantes, sino de toda una política de ofensiva contra los derechos más básicos de la mayoría de la población, que se ha plasmado entre otras cosas en una supresión parcial del impuesto a las grandes fortunas y una limitación del 30% de la fiscalidad sobre el capital con un coste de entre 6000 y 7000 millones de euros para las arcas públicas.

Las consecuencias de estos regalos de Macron a los ricos han sido la congelación de las pensiones, el aumento de la cotización a los jubilados y los recortes en las ayudas sociales, acompañado de la caída del poder adquisitivo de las familias trabajadoras. Como siempre, las recetas de los capitalistas son las mismas. Pero el salvaje aumento de los precios del gasoil propuesto por Macron ha hecho saltar por los aires esta situación explosiva, provocando la rebelión de las capas más golpeadas, las que han sido expulsadas de las grandes ciudades por lis precios prohibitivos de los alquileres es y que viajan todos los días al trabajo desde la periferia. Son los sectores de los trabajadores más golpeadas por la crisis y por los recortes las que el gobierno Macron ha elegido para pagar los platos rotos de la crisis del sistema y son las que se han levantado con fuerza y determinación, desbordando a los sindicatos y a sus dirigentes, y pasando a la acción directa en defensa de unas condiciones de vida dignas.

 En estos días la rebelión se ha extendido como la pólvora por todo el país. No es sólo París, son centenares de ciudades las que se han convertido en escenario de movilizaciones masivas, de cortes de carreteras y de huelgas de diferentes sectores que se incorporan a la lucha: las refinerías, los bomberos, transportistas, profesores, trabajadores sanitarios, estudiantes. Todos con sus propias reivindicaciones, pero todos contra un enemigo común: el gobierno Macron, representante de banqueros y oligarcas que ha hundido las condiciones de vida de la mayoría en defensa de los privilegios de esta élite capitalista.ç

 Una crisis de características revolucionarias

 
No es la primera vez que Francia vive protestas de carácter explosivo en el último período, pero desde luego las características de esta superan con creces las que han tenido lugar en los últimos años. Y es que la experiencia que el movimiento ha hecho en estos años no ha pasado en balde. Las enormes resistencias de los dirigentes sindicales para apoyar este movimiento han sido superadas, desbordadas por la autoorganización de trabajadores y jóvenes que han pasado a la acción directa, bloqueando carreteras y autopistas, los centros de la ciudad e incluso ocupando y cercando refinerías y almacenes de combustible, sumándose al movimiento a través de la huelga en diferentes empresas privadas como Amazon y también sectores de trabajadores públicos como la sanidad o la educación a nivel nacional, y logrando la incorporación de miles de jóvenes de institutos que también han pasado a la primera línea de batalla. Son sin duda elementos revolucionarios que están marcando la línea del desarrollo de los acontecimientos en Francia.

La brutal represión desatada contra el movimiento por parte el aparato del Estado y la infiltración violenta de policías no ha podido frenar la fuerza de este movimiento. Hace unos días se hacían virales en las redes sociales las imágenes de más de un centenar de jóvenes estudiantes de liceos, esposados, arrodillados, contra la pared, con las manos en la cabeza, en una detención masiva por parte de la policía que han despertado la indignación social general. 
En el momento de escribir esta declaración las imágenes de las calles de París, donde más de 89.000 efectivos policiales han sido desplazados para reprimir al movimiento, son impresionantes. Es el retrato de una insurrección de la clase trabajadora y la juventud. Imágenes que a todos recuerdan la historia revolucionaria de los oprimidos en Francia y a su Mayo del 68, cuando los cimientos del sistema capitalista y sus representantes se tambalearon. 
Hoy, esta crisis pone sobre la mesa cómo millones de personas han visto con sus ojos cómo este sistema económico, social y político es un auténtico callejón sin salida para la mayoría, abre grandes oportunidades para el movimiento y hay que aprovecharlas, hay que llevar el movimiento hasta el final. Los métodos de lucha de la clase trabajadora se reivindican como los únicos capaces para lograr la transformación social que se exige hoy en las calles de París: la huelga general, la ocupación de los centros de trabajo, de institutos y universidades para lograr la caída del gobierno Macron. El movimiento exige avanzar, hay que exigir a la CGT, al resto de sindicatos de clase y las organizaciones de la izquierda la convocatoria de esa huelga general para paralizarlo todo, para tomar las riendas de la sociedad y demostrar quién tiene la fuerza y la capacidad de hacer funcionar absolutamente todo.

Las implicaciones de este levantamiento no son sólo con respecto al gobierno Macron, sino que, como revelan las consignas utilizadas por el movimiento, van mucho más allá. Es este sistema podrido, el capitalismo, lo que se está cuestionando. Hay que transformar esta crisis en un movimiento revolucionario consciente para derrocar el capitalismo, que es la raíz de la situación desesperada que hoy viven millones de familias. Hay que impulsar un nuevo mayo del 68, pero esta vez para vencer.

Desde Izquierda Revolucionaria y el Sindicato de Estudiantes denunciamos la represión salvaje de la policía y mandamos toda nuestra fuerza, apoyo y solidaridad a todos los jóvenes, estudiantes, trabajadores y trabajadoras que hoy desafían al gobierno Macron y a su sistema. ¡Vuestra lucha es nuestra lucha!


¡Abajo el gobierno Macron!

¡Que viva la lucha de la clase trabajadora y la juventud en Francia!

¡Por un nuevo mayo del 68, pero esta vez para vencer!

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